20 de Julio de 2010

El palacio de la Abadía, tal como lo vemos hoy, es el resultado de una larga sucesión de construcciones y reformas que empiezan en el siglo XIV, cuando el ábate Pere de Soler da forma a las dependencias ya existentes del monasterio, en las que él mismo tenía la residencia. Sería otro ábate, Arnau de Vilalba, quién en el siglo XV ennoblecería el casal con elementos de estilo gótico y con la construcción de un pequeño claustro que comunica las diferentes partes del palacio. Los capiteles de este claustro, dónde está grabado el escudo del ábate, nos muestran aún su huella. También en el primer piso, en el dintel de la puerta, encontramos el mismo escudo.
Cuando el monasterio deja de acoger a los canónigos agustinianos y cuando, finalmente, desaparece la figura del ábate, el edificio entra en un período de decadencia. Con la desamortización de Mendizábal, en el año 1835, pasa a ser propiedad del Estado y, más tarde, del Ayuntamiento. A lo largo de los siglos XIX y XX, tiene múltiples usos, desde cárcel a caserna, escuela, alojamiento, local de entidades y sede provisional del Ayuntamiento. A pesar de los inconvenientes que esto supone, su uso continuado lo mantiene vivo en la consciencia de los sanjuanenses como parte esencial de su patrimonio. Los intentos de rehabilitarlo se remontan a principios del siglo XX, con la primera obra impulsada por el alcalde Jaume Bellapart. En 1933 se presenta un gran proyecto de restauración, del arquitecto Josep Riera, pero la Guerra Civil lo trunca. La restauración se retoma en los años 80 y, en diferentes etapas, llega hasta nuestros días.
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